26/5/09

La actualidad de Heidegger


Una de las aportaciones que más lúcidamente he leído sobre lo 'contemporáneo' y la problemática de la validez de las interpretaciones de lo pensado; tanto sea del pensar
«de actualidad» o el pensar «de antaño». Aparte, estaría bien destacar algo en que el texto hace hincapié:

Una vez 'clasificamos' a alguien en la historia, le atribuimos un 'cliché histórico-cultural', parece como si cualquier mirada, al ser -necesariamente- desde la distancia, al habérsele atribuido -al personaje en cuestión-
ciertas categorías colectivamente aceptadas, ya somos capaces de tildar, de hablar de, de interpretar y creer que entendemos. Un ejemplo de ello podría venir dado por todo intento de categorizar según propios criterios -modernos- el pensar o el hacer de otros tiempos pasados, de otras lenguas o de otras formas de entender el mundo.

Eso sí; en cierto modo hay ya una cierta lógica en el que ya nos parezca peliagudo -a veces- el meternos con tiempos pasados, con civilizaciones de hace ya más de dos milenios. No ocurre así con lo más próximo, históricamente hablando. Solemos tomarnos a menudo la licencia de evadir cualquier tipo de alerta de este tipo para interpretar lo contemporáneo. Es habitual dejar de vigilar el que podamos malinterpretar algo cuanto más próximo está espacio-temporalmente la cosa en cuestión de nosotros.

No juzgo si el tomarnos más licencias está mejor o peor, pero lo que seguro que está mal es que no solemos ser conscientes de ello.






"Desde luego, la especial relación con la contemporaneidad nunca podría consistir en que cierto pensamiento sea «de actualidad» mientras que otros habrían pasado con su tiempo. Es verdad que todo pensamiento pertenece a un tiempo, pero esto es todo lo contrario de una limitación, porque es lo importante de cada «tiempo» lo que no «pasa» y ciertamente tampoco «permanece» en el sentido de que «siga valiendo», sino que, más bien –como he dicho en mi conferencia–, está por venir. Me refiero con esto a si realmente alguien cree que hemos entendido a Platón o a Kant, si se piensa que esos pensadores ya están ahí, alojados en la «historia». Lo que sí ocurre es que se han constituido los correspondientes clichés culturales; «todo el mundo» sabe (dependiendo sólo del nivel de cultura de cada uno) qué quiere decir «Kant» y qué quiere decir «Platón» (incluidas ciertas «diferencias de interpretación»); pero esto tiene muy poco que ver con que se haya entendido el pensamiento de Kant o el de Platón.

Así las cosas, la especificidad de lo contemporáneo (admitamos que Heidegger es un contemporáneo) tiene que consistir en alguna otra cosa. Por de pronto, desde luego, en que todavía no hay distancia suficiente para que podamos asegurar que se trata de uno de los grandes pensadores. Algunos creemos que en cierta manera sí, pero no hacemos de esto una tesis (y, de verdad, si alguien hace de algo así una tesis, es que la filosofía no es lo suyo). Por otra parte, la condición de contemporáneo significa que puedes hasta cierto punto, y sólo si lo sabes hacer bien, inmiscuirte en su propio discurso. Cuando lees a Platón, es esencial (y es parte esencial de su «actualidad» y de su importancia) el que tú entiendas cómo no podrías en ningún caso situarte allí donde él de manera natural está. Con Heidegger no es así, y por eso puedes (insisto: si sabes hacerlo) incluso discutirle su propio discurso."





Artículo "La actualidad de Heidegger", Felipe Martínez Marzoa

Imperativo categórico vs hipotético


He aquí un texto de Immanuel Kant en que se diferencia entre un imperativo categórico y uno hipotético, estableciendo la distinción -que a veces nos es difusa- entre una voluntad, un querer, en que una acción es buena en sí misma y otra en la cual esta acción es buena ya que ésta conlleva (almenos según nuestra propia hipótesis) algo otro que es bueno para nosotros.

En sí, como se puede ver, el límite -en la palabra- está claro, pero no ocurre del mismo modo en la vida, en la realidad, en que una decisión concreta se mueve por vínculos no tan claros. A veces ni los vemos, tratándose de algo inconsciente; otras, en cambio, quizá prefiramos mantener tales vínculos al margen de la cuestión, como ocultando el camino real y verdadero de las cosas. No abogo tampoco por tener que -necesariamente- exteriorizarlo todo siempre, puesto que a veces, con tenerlo claro uno mismo ya hay suficiente, pero... ¿Quizá alguna vez escondamos un objetivo ante una acción aparentemente desinteresada?

- Curiosos; a veces somos realmente curiosos-





"Pues bien; todos los imperativos mandan, ya hipotética, ya categóricamente. Aquellos representan la necesidad práctica de una acción posible, como medio de conseguir otra cosa que se quiere (o que es posible que se quiera). El imperativo categórico sería el que representase una acción por sí misma, sin referencia a ningún otro fin, como objetivamente necesaria. Toda ley práctica representa una acción posible como buena y, por tanto, como necesaria para un sujeto capaz de determinarse prácticamente por la razón. Resulta, pues, que todos los imperativos son fórmulas de la determinación de la acción, que es necesaria según el principio de una voluntad buena en algún modo. Ahora bien; si la acción es buena sólo como medio para alguna otra cosa, entonces es el imperativo hipotético; pero si la acción es representada como buena en sí, esto es, como necesaria en una voluntad conforme en sí con la razón, como un principio de tal voluntad, entonces es el imperativo categórico."





Fundamentación de la metafísica de las costumbres (Grundlegung zur Metaphysik der Sitten), capítulo II, Immanuel Kant, 1785

22/5/09

De la felicidad


Un ínfimo apunte a la felicidad de lo humano desde lo común; ¿o es que es algo que no nos preocupe, en definitiva, a todos nosotros? El encontrar el propio camino de vida; el modo de sentirse bien con uno mismo (y/o entre otros). Y, aun ser destino, dirección, compartida por todos, ¿no es especialmente difícil pretender llegar a categorizar 'cómo' llegar cada uno a esta?

¿Hay -creéis- posibilidad de una serie de criterios o categorías de, digamos, meta-felicidad, metafísicos, partiendo de lo abstracto que los humanos requieren para sentirse bien? ¿O todo acabaría en proverbios, moralejas y demás insuflaciones de valores variopintos provinentes de la sociedad, la religión, la ciencia, ... -como siempre ha sido-?






"Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices, pero al ir a descubrir lo que hace feliz la vida, van a tientas, y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente se la busque, si ha errado el camino, si éste lleva en sentido contrario, la misma velocidad aumenta la distancia.

Hay que determinar, pues, primero lo que apetecemos; luego se ha de considerar por dónde podemos avanzar hacia ello más rápidamente, y veremos por el camino, siempre que sea el bueno, cuánto se adelanta cada día y cuánto nos acercamos a aquéllo que nos impulsa un deseo natural. Mientras erremos de acá para allá sin seguir a otro guía que los rumores y los clamores discordantes que nos llaman hacia distintos lugares, se consumirá entre errores nuestra corta vida, aunque trabajemos día y noche para mejorar nuestro espíritu.

Hay que decidir, pues, a dónde nos dirijamos y por dónde, no sin ayuda de algún hombre experto que haya explorado el camino por donde avanzamos, ya que aquí la situación no es la misma que en los demás viajes; en éstos hay algún sendero, y los habitantes a quienes se pregunta no permiten extraviarse; pero aquí el camino más frecuentado y más famoso es el que más engaña. Nada importa, pues, más que no seguir, como ovejas, el rebaño de los que nos preceden, yendo así, no a donde hay que ir, sino a donde se va.

Y ciertamente nada nos envuelve en mayores males que acomodarnos al rumor, persuadidos de que lo mejor es lo admitido por el asentimiento de muchos, tener por buenos los ejemplos numerosos y no vivir racionalmente, sino por imitación. De ahí esa aglomeración tan grande de personas que se precipitan unas sobre otras. Lo que ocurre en una gran catástrofe colectiva, cuando la gente misma se aplasta, nadie cae sin arrastrar a otro y los primeros son la perdición de los que siguen, puedes verlo suceder en toda vida; nadie yerra sólo por su cuenta, sino que es causa y autor del error ajeno.

Es dañoso, pues, apegarse a los que van delante; y como todos prefieren creer que juzgar, nunca se juzga acerca de la vida, siempre se cree, y nos perturba y pierde el error que pasa de mano en mano. Perecemos por el ejemplo de los demás; nos salvaremos si nos separamos de la masa. Pero ahora la gente se enfrenta con la razón, en defensa de su mal. Y sucede lo mismo que en los comicios, en los cuales los mismos que han nombrado a los pretores, se admiran de que hayan sido nombrados, cuando ha mudado el inconstante favor; aprobamos y condenamos las mismas cosas; éste es el resultado de todo juicio que se falla por el voto de la mayoría."





La opinión común y el acierto (Capítulo I), De la felicidad, Séneca, 58 dC

Espacio y límite


Seguimos en el asunto del espacio como forma, de la división como modo de dar validez al mundo -perceptible, a través de los sentidos- y de cómo nuestra manera de apropiarnos del mundo sea partiéndolo, dividiéndolo, en porciones 'controladas', limitadas. Aparece aquí, así como en el tema anterior, sobre Ariadna como primer arquitecto, la condición necesaria del espacio: el ser 'limitado', con una cierta 'forma', determinado. Creo que el texto aquí ya se expresa por sí sólo;





"El espacio es para ser dividido. Quizá podamos asumir que el espacio no es más que la pura posibilidad de la división, que, en la cual unos límites no son mejores que otros. Esta indiferencia es la razón por la cual todo intento para hacer coincidir espacio con nomos [*] tiene un carácter muy dudoso.

Es más; dicho espacio parece bastante ser la falta de
nomos. El espacio, en la medida en que realmente implica la indiferencia en cuanto a las opciones particulares, las divisiones, no puede ser aceptado como un fenómeno primario, ya que como condición primaria se estableciría que todo límite fuera tan válido como cualquier otro, y, consecuentemente, que ninguna división sería, al fin y al cabo, válida[**].

No es suficiente, para argumentar en este contexto, que hablando del espacio no sea necesario hacer referencia al espacio 'matemático', pues lo 'matemático' es básicamente el carácter de espacio que se presuponía, y la indiferencia se sigue de ello."






Space and Nomos (Espacio y Nomos; traducción del inglés propia), fragmento de The South Atlantic Quarterly 104:2, Felipe Martínez Marzoa, 2005.





* Nota añadida: Nomos, del griego νομός, podría traducirse como ley, como provincia o prefactura (el mundo griego estaba dividida por ellas). En este contexto, se asociaría a lo que tiene de 'legislativo' o no el espacio; lo jerárquico y lo válido que se asociaría (o se podría asociar) a su posibilidad de ser dividido -de una única forma y no de cualquier, digamos.

** Nota añadida: Para esclarecer la consecución lógica. Que del hecho de que todo fuera válido y no hubiera, pues, distinción entre validez y no-validez se derivaría que el concepto mismo de validez no tendría sentido, pues no distinguiría entre una serie de juicios (válidos) y otros (no válidos).

21/5/09

La primera arquitectura


Siguiendo con el tema anterior, de la dualidad inserida en lo humano a lo largo de la historia, y respecto al que nos permite entender o asimilar que algo 'sea', véase: la contraposición de algo con respecto algo otro, me gustaría mostraros un pequeño fragmento; hoy dedicado a algo que este curso he estado estudiando bastante (aunque más para el caso del imaginario hebreo y mesopotámico; ¡el griego no nos dio tiempo en un semestre!).

Aunque tengo que reconocer que si bien esta condición sine qua non para que algo sea -es decir, la de que algo difiera de algo otro- es algo bastante asumido, me gustaría mostrar algo al respecto más adelante. Pero, ni que sea a modo previo, viene a ser el que -por ejemplo- un día, sin la existencia de la noche, no sería entendido como día; en un universo en que el color azul fuera omnipresente (el único), la 'distinción' azul no tendría sentido.

Ya se verá más adelante, eso sí; ahora el tema trata de Dédalo, Ariadna y el minotauro.





"Desde siempre, ellos han querido hacernos creer que Dédalo, el constructor, fue el primer arquitecto -y que su obra, el Laberinto, fue la primera arquitectura.

Dédalo: el buen profesional, eficaz y sobrio, que no hace preguntas sino que da respuestas, el artífice indispensable en toda sociedad bien ordenada, desde la Cnosos de Minos a la Barcelona de Porcioles y Maragall.

Nos mentían.

Nunca pudo ser Dédalo el primer arquitecto, porque su laberinto no era arquitectura.

Para funcionar, para engañar al incauto, aquella fábrica prodigiosa, aquella implacable máquina de desorientar debía perder su apariencia, desvanecerse, renunciar a dejarse reconocer, debía no tener forma.

¿Y quién es capaz de llamar "arquitectura" a lo que no tiene forma?

Porque la muralla puede decir "soy impenetrable". La puerta, "soy sólida y angosta" o, por el contrario, "te esperaba, bienvenido". Pero el laberinto no puede decir nada. Ni siquiera advierte al visitante que está a punto de penetrar en algún sitio específico. Sólo al rato de estar en él se le ocurre al incauto que no sabe muy bien dónde se ha metido. Ahí no hay trayecto, ni dirección, no hay adentrarse o estar saliendo. Ni siquiera volver a pasar por el mismo sitio llega a reconocerse como repetición, y tampoco puede medirse así el tamaño, el ritmo del lugar. Todo es una indefinible vaguedad, que acompaña los pasos, siempre iguales, del desorientado.

En tal continuidad no hay arquitectura.

¿Cuándo aparece la arquitectura?

Cuando, entre tanta indiferencia, se distingue una forma. Cuando, en el laberinto, se fija una dirección, un trayecto: cuando Ariadna tiende el cordel con el que se señalará el camino. Es entonces cuando cada cosa pasa a tener nombre y posición: tú eres la entrada y tú el camino, tú la trampa y tú la salida, tú el centro y tú orilla. Nombre, es decir, identidad propia, diferencia, relaciones mutuas, forma.

Es Ariadna, y no Dédalo, el primer arquitecto.

El arquitecto no es quien construye, sino quien identifica la forma. La arquitectura aparece con el mismo gesto que dota de sentido al edificio, que lo interpreta. La forma es el resultado de la interpretación o, mejor, existe en ella -no previa a ella, sino como su simultánea condición y resultado, como su otro nombre.

Forma e interpretación son sinónimos, y hay un tercer término también equivalente: arquitectura.

Con otra característica, inmediatamente advertible. En el mismo momento en que Ariadna dota de forma al laberinto, describiéndolo, lo destruye -lo desarma, lo desarticula, lo vuelve inefectivo como trampa embaucadora, revela sus mecanismos de sugestión.

La arquitectura sólo puede ser, pues, deconstructiva.

Gombrich lo explicó bien con una fórmula más concentrada, pero exacta: "No se puede padecer una ilusión y analizarla". Pero es que "no se puede" lo que está por comprobar, no por escrupulosidad científica sino por gusto, por sentirse prendido y saliendo de la ilusión. Hay que despojar, sin embargo, de todo envoltorio heroico a la tarea deconstructiva de Ariadna. No se trata de adoptar el papel de un Odiseo atado al palo de la nave, para escuchar pero no ceder al canto de las sirenas. Se trata de trabajar como un carnicero, como un trinchador, con la exacta cerebralidad de quien localiza con precisión las articulaciones que sostienen las partes, los papeles, y aplica el gesto más económico para cortarlas."





Elogio de Ariadna, Pasado a limpio I, Josep Quetglas, 1988

De los sentidos I


En este tema se apunta hacia qué relación debe haber entre hombre y los sentidos que le permiten a éste relacionarse con el mundo (en definitiva, lo que permite al hombre estar, ser, vivir "en"). Tal cuestión surge de una breve cita a Aristóteles, bastante fructífera, por cierto, viéndola des de la perspectiva histórica del pensar occidental. Me refiero a lo siguiente: ha sido habitual en la historia de las civilizaciones occidentales (y tal hecho ha ido acentuándose con el tiempo) una cierta distinción dual -inevitable, por otro lado- de todas las ideas, del pensar y del sentir; del entendimiento y la sensibilidad (en vocabulario de Kant), de lo apolíneo y lo dionisíaco (en vocabulario de Nietzsche), del racionalismo y del empirismo, etc.

Si bien es cierto que entendemos y comprendemos a partir del contraste (entre cosas-ideas-personas-paisajes-etc.), desligar, desvincular, las dos partes de un ente quizá no sea el modo más 'respetuoso' de tratarlo. Analizar el ser humano como mero ente racional cierra puertas a todo aquello que haya en nosotros de sentir (tanto de sentidos como sentimientos), y analizarlo como mero ente sensitivo hace que nos consideremos animales, del montón.

Por otro lado, no es que esté en contra de tal distinción. Tan sólo quisiera poner de manifiesto el hecho de que dichas posturas extremas, aunque permitan entender mucho más profundamente tales "partes" (la racional y la sensitiva) del ser humano, contienen una base, un axioma a priori, de la cual parten con la que no estoy del todo de acuerdo: que tales "partes" existen, a priori. A mi modo de ver -moderno- el que se le atribuya a ambas partes una cierta 'existencia' sobrepasa el que puedan ser ideas, meras contraposiciones 'instrumentales' para facilitar o entender lo que sí hay: el ser humano.

Aun ya siendo evidente e inevitable tal contraposición (la cual, sin duda nos ha aportado mucho para comprendernos), tiene algo en sí misma que quizá nos cierre el modo de mirar, aprender y estar en el mundo. Y, sin duda, se trata de una de las bases más férreas e inmutables de la historia de occidente.

Me gustaría preguntaros algo; ¿creéis que es intrínseco al ser humano, inherente a nosotros, el hecho de entenderlo todo partiendo del contraste, de la contraposición dual entre cosas?





"Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber. Una indicación de ello es el placer, la estima, que nos causan las percepciones de nuestros sentidos, que, nos agradan por sí mismas, independientemente de su utilidad, en especial las del sentido de la vista. En efecto, no sólo en lo relativo a la acción [misma], sino incluso cuando ningún objeto práctico nos proponemos, preferimos, por decirlo así, el conocimiento visible a todos los demás conocimientos que nos dan los demás sentidos. Y la razón de esto es que de todos los sentidos la vista es el que mejor nos ayuda a saber las cosas, y revela un gran número de distinciones."





Metafísica [980a] [21], Aristóteles, s. IV aC

Extraído de la Obra completa (volúmenes.17, 18) traducida por Hugh Tredennick. Cambridge, MA, Harvard University Press, Londres, William Heinemann Ltd. 1933, 1989.