25/4/09

La maldición de Akkad


Hoy, sin duda alguna, uno de los textos más intensos que he leído jamás. Se trata, en primer lugar, de una maldición. Un clamo a que un odio, una venganza, un ajuste de cuentas, se plasme. Un claro y férreo deseo que algo malo le ocurra, en este caso, a la ciudad de Akkad (Ágade). Es un fragmento realmente potente. Quizás lo definiría con el adjetivo escalofriante.

Genera escalofríos el hecho de que tal maldición conscierna principalmente a la ciudad. No queda en evidencia qué le ocurrirá a sus habitantes; el destino de la maldición es la ciudad misma: sus muros, sus cercanías, aquello que nutre y permite que ésta crezca... Casi sería paralela al desear que ésta, Akkad, fuera para cualquier tiempo venidero olvidada, eliminada de la memoria.

Como podréis ver, hay en el fragmento ciertos versos que se pueden encontrar de una forma bastante directa en la Biblia judaico-cristiana o en otros textos cosmogónico-teogónicos de otras culturas. En especial a una cierta imagen: que la hierba no vuelva a crecer cerca de ella, por donde la ciudad es.

Es decir, un deseo que la vida jamás volviera a acercarse a tal ciudad. Que la vida ahuyentase sus cercanías. Algo similar hasta ocurre con el mito de Midas, el rey frigio que todo lo que tocaba (por 'gracia' de Dioniso) era convertido en oro -mucho más tardío, claro-, hecho por el cual toda persona, todo alimento, toda planta, que rozaba con la yema de sus dedos, moría de forma inevitable, se petrificaba en reluciente metal.





"¡Oh, Ciudad, que osaste atacar al Ekur, tú que has desafiado a Enlil!

Akkad, tú que osaste atacar al Ekur, tú que has desafiado a Enlil.


Que tus bosquecillos queden reducidos a un montón de polvo...

Que la arcilla de que están hechos tus muros vuelva al Abzu de donde salió

Que tus ladrillos sean malditos por Enki.

Que tus árboles vuelvan a sus bosques (o 'que tus granos retornen a su surcos'),

Que tus árboles sean malditos por Ninildu.

Tus bueyes, abatidos —que así puedas abatir a tus mujeres en su lugar.

Tus carneros, degollados —que así puedas degollar a los niños en su lugar.

Tus pobres —que así puedan ser obligados a ahogar sus preciosos (?) hijos...


Akkad, que tu palacio, construido con el corazón alegre,

se hunda en medio de la angustia (o 'se convierta en una ruina lamentable')

Y que los seres maléficos de la estepa desierta hagan resonar allí sus aullidos;

Que los zorros barran con la cola los montones de ruinas

allí donde se celebraban tus ritos y tus fiestas (o 'allí donde se alzaban tus puertas monumentales').

Que en los caminos de sirga de tus barcas ('a lo largo de los canales'),

no crezcan más que hierbajos;

Que en los caminos de tus carros,

no crezca más que la planta de la lamentación;

Más aún, que en los caminos de sirga

y los embarcaderos de tus barcas

Ningún ser humano pueda pasar, a causa de las cabras salvajes,

de las sabandijas (?), de las serpientes y de los escorpiones.

Que en tus llanuras,donde crecían las plantas que calman el corazón,

No crezca más que la caña de lágrimas.

Akkad, que en lugar de tu agua dulce,

no fluya más que agua amarga ('salobre').


Que el que diga: «Quisiera establecerme en esta ciudad»,

no encuentre sitio adecuado para instalarse;

Que el que diga: «Quisiera descansar en Akkad»,

no encuentre sitio adecuado para dormir."



La maldición de Akkad, Leyenda sumeria; milenio II aC

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