25/12/09

Cómo hacer un concepto


Es gracioso -para mí- cómo a veces se usa el vocablo 'concepto' de una forma tan alejada al universal que reúne un variopinto conjunto de parámetros y descripciones bajo una unidad. Se evita bastante, hoy en día, asimilar que el concepto también tiene su vertiente sensible, su 'pluralidad perceptiva', en pro de la 'unidad de concepto'. ¡Si se trata de lo mismo, de las dos caras de la misma moneda! No hay 'en pro de la unidad' ni 'en pro de la pluralidad', cuando se refiere uno positivamente a lo que conscierna a la presencia o existencia de concepto.

Igualmente, me pareció interesante este análisis que Kant hizo en sus cursos de lógica (recopilados en 1800), sobre cómo se pueden generar conceptos; axiomáticamente, y a varios niveles, querría centrarme en la comparación, en la contrastación: en este caso, serían la contrastación entre representaciones, la contrastación entre representación y facultad de conocer, y, por último, la contrastación entre facultades del conocer en sí. Pero ya avanzaremos algún día más en este campo. ¡Hoy no hay tiempo...!





Los actos lógicos del entendimiento por los que se generan conceptos según su forma son:

1) La comparación, esto es, la contrastación mutua de las representaciones en relación a la unidad de la conciencia;

2) la reflexión, esto es, la consideración de cómo representaciones diversas puedan comprehenderse en una conciencia; y finalmente,

3) la abstracción o separación de todo aquello en lo que difieren las representaciones dadas.




Lógica (Logik), capítulo IX, p.94, Immanuel Kant, 1800

La unidad de la razón


De la voluntad axiomática de la idea de la razón en el siglo XVIII surge cierto esquema, cierta estructura mental de inamovible jerarquía, aún presente hoy en día. Aún así, en este pequeño fragmento -y en otros-, Immanuel Kant expone la irreductibilidad de lo cognoscitivo a priori y de lo cognoscitivo "a posteriori", lo sensible, lo empírico. Tal como se introducía -en lo que precede y en lo que procede- la Crítica de la Razón Pura, del hecho de que haya o pueda haber una voluntad necesaria -en el humano- de categorizar, axiomatizar, generar estructuras a priori para entender el mundo, de ahí no se desprende que deban ser ellas las que, una vez pensadas, una vez enunciadas, a priori tengan que generar el mundo y las cosas que en él se encuentran.

El que nosotros necesitemos leyes para esquematizar lo complejo, vivo y empírico que nos rodea no quiere decir que sea tal el 'requisito' de la misma naturaleza, de lo complejo, vivo y empírico. Con ello, querría comentar esta ambivalencia temporal-causal: a veces nos ofuscamos, nos obsesionamos en el encontrar un '¿por qué?' a algo que ocurre; la voluntad de axiomatismo racional que dentro de nosotros mueve -en mayor medida- el proceso de conocer quizá nos haga querer desear el 'encontrar ley en todo', el 'tenerlo todo clasificado, categorizado y en su sitio'. Con ello nos es más fácil asimilar el mundo. Pero ahí, creo, podemos sufrir un cierto engaño; del hecho que determinemos o intentemos expresar leyes que concuerdan -a modo de hipótesis- con lo que ocurre físicamente en lo que podemos percibir, de ahí no se deriva que éstas sean las leyes 'gobernantes' de lo que ocurre en lo que nos rodea. Lo a priori no precede a lo sensible, sino es una mera forma -idealmente cómoda- de clasificar lo ocurrido como cognoscible, ya sea por comparación, reflexión o abstracción. Pero lo que es en el mundo, no son las leyes, sino las cosas: sus relaciones y sus caracteres físicos y sensibles.

Considero que el ansia de conocer y la 'seguridad unitaria' que nos ofrece la razón nos hace, con ésta, arrollar y devastar otros posibles modos de entender, de asimilar de una forma más rica, polisémica, lo que nos rodea. Es evidente, ya digo, que nos sería inconcebible entender el mundo míticamente y no físicamente -es más, con la física moderna newtoniana y einsteiniana-, pero con ello siempre nos reducimos a un sistema cognoscitivo.

De ahí del que este blog exista quizás. Me interesan otros sistemas -de otros tiempos, sí- cognoscitivos. Otras maneras que ha habido de pensar el mundo, el qué hacemos aquí, el por qué estamos aquí y el qué es esta infinidad de cosas y entes desconocidos que nos rodean.





La unidad de la razón es la idea de un sistema, y tal unidad sistemática no sirve objetivamente a la razón como principio para aplicarlo a los objetos, sino subjetivamente como máxima para extenderla a todo posible conocimiento empírico del objeto. No obstante, la conexión sistemática que la razón puede dar al uso empírico del entendimiento no sólo garantiza su ampliación sino también su corrección; el principio constitutivo de algo meramente regulador y como máxima para descubrir y asegurar, mediante la obertura de nuevos caminos que el entendimiento desconoce, el uso empírico de la razón hasta lo infinito (indeterminado), pero sin contradecir nunca en lo más mínimo las leyes de tal uso empírico.





Crítica de la Razón Pura (Kritik der reinen Vernunft) edición A párrafo 680, Immanuel Kant, 1781.

El decir de ayer


Este blog sigue en relación directa al anterior, y el fragmento de texto adjunto, se posiciona por comparación y contradicción al anterior. Sin éste, la comparación queda coja y desequilibrada.

Lo que en este lado de la balanza conscierne, en interés, en relación al lenguaje y, más profundamente, a la esencia de éste y al modo de ver el mundo desde uno u otro lenguaje (¿Cómo vemos, sino, el mundo, si no es a través de nuestra estructura lingüística mediante la cual ordenamos, categorizamos y jerarquizamos?) es algo claro, indudable e indiscutible.

Pero hay algo más que querría comentar al respecto de esta 'nebulosa polisémica', 'constelación semántica', de los sumerogramas, de cada uno de los signos de escritura cuneiforme y sus múltiples y varios significados.

¿No es así, como, en realidad, funciona nuestra mente? Es decir; ¿no es a partir del relacionar una cosa con otra, un sentir con otro, un pensar con otro, el proceso desde el cual nos es más fácil y directo pensar, sentir, hacer? ¿No tiene ello lo más básico, lo estructuralmente más sencillo y primario, del 'cómo vemos y entendemos el mundo'? Porque, a decir verdad, todo el perifollaje estrafalario que a veces requerimos, a nivel lingüístico, para expresar una relación entre una idea y otra a partir de metáforas, segundos sentidos, cuestiones indirectas, ... no son la posibilidad -con todas las diferencias habidas y por haber, no lo dudemos- permitida por esa riqueza semántica en 'nebulosa', en 'constelación' de los lenguajes de la antigua Mesopotamia?

Me refiero a que considero que del hecho de que pudieran haber tantísimos significados vinculados a cada signo, parece como si se pudiera desprender más directamente el que, en el momento en que quiere decirse un "algo", un significado concreto, puedae seguir yaciendo como base la omnipresencia de todos los otros significados no ajenos al nombre, al signo.

El que, al leer -por ejemplo- una idea, pudieran estar presentes al mismo tiempo y espacio, todo el conjunto (o todo un conjunto) de ideas relativas, parecidas, que nos evoquen a otros campos, pero vinculadas o próximas a la idea que principalmente queremos sugerir... ¿No se parece esto -a veces- a los procesos que utilizamos para intentar entender el mundo, el arte, lo que desconocemos...?





No era así, en absoluto, entre los antiguos mesopotámicos. Recordemos no solamente que ellos crearon su escritura (y quizás, simplemente, la escritura), sino que el primer estadio de ésta, la primera forma que tomó al nacer, fue la pictografía. Pero, la pictografía no era una escritura de palabras, ya que ignoraba, como tal, todo fonetismo, sino una escritura de cosas. Transcribía directamente estas últimas mediante croquis o figuras convencionales que eran, igualmente, cosas, ya que, directamente o no, los objetos materiales eran reconocibles en ellas. Incluso después de la invención del fonetismo, es decir, de la posibilidad de despojar a esos croquis de su significación objetiva para fijarlos en el puro agrupamiento de fonemas que constituían el pronunciado de la cosa en la lengua habitual, el sistema cuneiforme jamás abandonó sus hábitos originales y básicos de referencia inmediata a las cosas; e incluso sus fonogramas nunca perdieron de vista que no eran, a fin de cuentas, sino pictogramas despojados de su contenido objetivo, en beneficio únicamente de su valor fonético, que podían, por lo demás, reencontrar en cualquier momento, como lo demuestra elocuentemente el "análisis lógico" de los "nombres" [...].

He aquí por qué, respecto a los antiguos letrados de Mesopotamia, la escritura era radicalmente concreta y realista: lo que se escribía, no era, en absoluto, la palabra, el nombre pronunciado de la cosa, sino la cosa en sí misma, provista de un nombre, ciertamente, pero inseparable de ella, confundido con ella, como acabamos de recordar. Y ese nombre escrito, similar a la cosa, constituía un dato material, concreto, másico, comparable a una sustancia de la que cada porción, aunque fuera la más pequeña, contenía todas las virtudes del conjunto, como el más pequeño grano de sal tiene todas las propiedades del bloque más pesado. También se le podía explotar, tanto como a la propia cosa: escrutarlo como a ella, analizarlo, reducirlo a sus elementos, y hacer así surgir de alguna manera todo cuanto tenía de realidad y de inteligibilidad de la cosa.

Las operaciones mentales, mediante las cuales se efectuaban estos análisis, estos exámenes, estos progresos en el conocimiento, estos "razonamientos (como se les piede llamar) por términos intermedios" que permiten pasar, de un mismo sumerograma escrito, a diversos sentidos cercanos, cuyo cúmulo enriquecía el conocimiento del sujeto del nombre, no pueden ser igualmente admitidas, comprendidas, juzgadas no absurdas, no puede ser percibida su racionalidad, más que si se las coloca en la misma perspectiva realista de la escritura. La plurivalencia de los signos, su polisemia, como dicen los lingüistas, se remonta, en efecto, a la pictografía original, como se ha recordado anteriormente, y a la obligación de constituir alrededor de cada uno toda una "constelación semántica" fundada, una vez más, en las propias cosas y sus interrelaciones, reales o imaginarias.




Escritura y dialéctica, o progreso del conocimiento; Mésopotamie. L'écriture, la raison et les dieux, Jean Bottéro, 1987.

El decir de hoy


Seguiremos con los análisis de dos modos de decir, más allá de lo meramente fáctico, discerniendo entre la mera 'casualidad' de la palabra fonéticamente anclada al lenguaje, en un decir 'de hoy', 'moderno', y, próximamente, el 'necesario' arraigo de la palabra como escritura de la cosa misma, en un decir 'de ayer', para el mundo mesopotámico y su temible escritura cuneiforme.





Se sabe de antiguo que el nombre [para los mesopotámicos] no era, en absoluto, lo que es para nosotros, un epifenómeno, un puro accidente extrínseco a la cosa, un flatus vocis, simple conjunción arbitraria de una relación de significación con un agrupamiento de fonemas. Muy al contrario, aquellas gentes estaban persuadidas de que el nombre tiene su fuente, no en el que nombra, sino en la cosa nombrada, de la que es una emanación inseparable: como la sombra, el calco, la traducción de su naturaleza.

Tanto que a sus ojos, "recibir un nombre" y existir (evidentemente: según sus cualidades y la presentación que denota ese nombre), era una misma cosa. El primer dístico de la Epopeya de la Creación (I, 1-2):

Cuando, allá arriba
el Cielo no estaba (todavía) nombrado

(Y) aquí abajo, la Tierra
no había sido llamada con un nombre

[...]

Para nosotros, la escritura, totalmente alfabetizada, es decir, basada en el análisis fonético de la palabra que lleva hasta sus elementos irreductibles, tiene como función primera la de fijar materialmente lo que, como palabra pronunciable, no tiene más que una existencia transitoria y, como concepto significado, más que una realidad intramental e incorporal. La escritura nos sirve, pues, ante todo, para conferir una existencia objetiva y duradera a la palabra, la cual traduce nuestro pensamiento, nuestra visión de las cosas. Desaparece ante la palabra y lo que representa la palabra: no es nada sin ella y no le añade nada, si no es la materialidad y la durabilidad.





Escritura y dialéctica, o progreso del conocimiento; Mésopotamie. L'écriture, la raison et les dieux, Jean Bottéro, 1987.

Los 5 ciegos, Andréi Rubliev


Cuán difícil es el entender lo estético desligado de lo visible, si no es que se trata de música -desde el oído-. Y más aún cuando toda referencia posible a un espacio imaginado pasa por el suculento y tentador filtro del recuerdo -visible-. Eso sí, qué maravillosa distinción entre los que una vez vieron y los que no: "
el eterno espacio negro, un mundo lleno de sonidos, olores y repleto de una enorme cantidad de objetos invisibles e indescriptibles, superfícies y cuerpos con volumen". Es más, -diría yo-, ni el eterno espacio negro, más que el eterno contínuo, sin contrastes ni límites. ¿Pues qué es, para el ciego que no conoce otro color, el negro? ¿Qué es, para el que no puede oír, aquello que no sea silencio? Tengo siempre en mente, desde ya hará unos años, esta idea del contraste como base de todo juicio estético. Y, aunque así no fuera, sería base, por principio, de toda percepción, de toda asimilación sensitiva de un ente, de la asociación de todo un conjunto de percepciones a una unidad concreta -una unidad limitada, esto y no eso, aquello que ya no es esa otra unidad-. Pues asociamos lo que percibimos, lo reunimos en formas, en volúmenes y superfícies, las contrastamos entre ellas. ¿Qué manera hay, sino, de discernir, de limitar, de re-conocer una cosa como ella misma y no como aquella otra?

Aunque, desentendiéndonos, de nuevo, de este carácter -casi diría necesario- del proceso humano del percibir -como base para conocer-, me parece bonita la posible asociación metafórica de todo lo que uno ve, todo lo que uno -subjetivamente, ni que sea en base al recuerdo- entiende, imagina, a partir de algún tipo de pequeña descripción.

Empezar un relato, por ejemplo, con el sintagma 'bajo un fresno' nos será tan distinto en base a nuestras pasadas experiencias que el sinfín de relaciones, percepciones asociadas a ello, sentimientos y pensares que a él se podrían anejar, que me pregunto qué posibilidad en genérico tiene un autor de hacer entender como él quiere, de hacer sentir algo que él siente, a través de un texto, a un lector.

¿No es, de nuevo, encontrarnos con la imposibilidad de traducción? ¿Con la imposibilidad de desplazar una imagen mental a un lenguaje que para nosotros quiere decir A pero cuya lectura, por parte de otro sujeto, podría querer decir A'?

Quizá quita esto 'seguridad' al autor para expresar lo que quiere, pero... ¿No será válido también a nivel -meramente, en lo pragmático- lingüístico aquello de que el artista sólo hace el 50% de la obra y el resto lo hace el público?




A principios del verano, por el camino liso y apisonado que se extiende a través de una infinita llanura arada, marchan en fila cinco ciegos. Cuatro de ellos son los artesanos cegados en otro tiempo por el Gran Príncipe. Delante agarrado a un muchacho-lazarillo de pelo rizado, va el artesano mayor, ya muy viejo, y tras él, agarrado al borde de la camisa, sigue el ex cantero tartamudo Mitiái, y tras Mitiái, su hermano; un joven desconocido con los ojos turbios e inmóviles se agarra a un bastoncillo que lleva el anterior. Cierra la comitiva Gleb, el artesano que le pidió a Rubliov el puñado de añil.


En torno al infinito camino reina un ambiente melancólico y triste.

- Misha, ¿por dónde vamos? -pregunta el maestro.
- Por el camino... -responde con desgana el lazarillo.
- Por el camino, dice... ¿Por qué camino?
- Pues por un camino... Por un camino duro -responde Misha, que no quiere hablar.
- ¿Me podrías contestar como es debido, o no? ¿O es que se te ha pegado del todo la lengua? -replica enfadado el mayor.
- Pues eso, un camino largo, recto, un camino duro... -se obstina en su actitud el muchacho.
- ¿Y nada más?
- Nada más. ¿Qué más quieres?
- De manera que vamos por un lugar despoblado, ¿no es así? -pregunta rabioso Gleb.
- Así es -responde convencido el lazarillo.
- ¡No paras de mentir, muchacho! -responde burlón Gleb.
- De acuerdo, he mentido -admite airado el muchacho-. A la izquierda hay un río.
- ¿Qué río? -los ciegos se animan y en sus caras asoma una sonrisa.

De manera inesperada para él mismo, el lazarillo empieza a fabular:

- Un río profundo, profundo y lento, y al otro lado del río...¡Vaya, lo que hay al otro lado!
- ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué hay? -resuenan de pronto varias voces impacientes.
- ¿Cómo que qué? -sonríe el muchacho-. Pues unos arbustos.

El mayor camina derecho, alzando la cara hacia el cielo, y su imaginación le dibuja un río visto hace mucho tiempo, en su infancia, un riachuelo tranquilo y no ancho, cubierto de nenúfares, unos sauces enormes y grises en la otra orilla y un sendero que asciende hacia arriba, a una colina, por la que se mueve lentamente una campesina con dos cubos llenos en una percha, con un sarafán de paño burdo, y la orilla del río se ve cubierta de arbustos y lúpulo trenzado.

Mitiái, sonriendo, marcha con la cabeza caída y parece que desde un barranco bien alto ve un río poderoso, de aguas caudalosas, con una isla alargada en medio, cubierta de espeso bosque sobre el que se eleva el humo de una hoguera, y el agua cubierta de ondas grisáceas al lado de un recodo, junto a la baja orilla opuesta, donde se levanta una aldea envuelta en humo y fuego...

En cambio el hermano de Mitiái no ve ningún río... Ve a una niña con la cara mojada de lágrimas que se encuentra en medio de un sendero y corre por un pinar joven envuelto de telarañas que se iluminan por la luz del sol; la niña despide a los artesanos en su marcha a Zvenígorod, y las lágrimas le corren a mares, y el muchacho se aleja con todos cada vez más lejos, y la muchacha se torna cada vez más diminuta, cuando de pronto el camino tuerce bruscamente a un lado y la niña cuebierta de lágrimas desaparece tras los árboles...

En cuanto al muchacho de los ojos ciegos blancos, él ve... El muchacho no ve otra cosa que el eterno espacio negro, un mundo lleno de sonidos, olores y repleto de una enorme cantidad de objetos invisibles e indescriptibles, superfícies y cuerpos con volumen. El muchacho es ciego de nacimiento.

Gleb marcha detrás de los demás, con la cabeza levantada y recordando el río cegador, transparente y muy rápido, tan transparente, que su fondo cubierto de guijarros parece completamente blanco, y los arbustos negros sobre la orilla opuesta, arenosa y prolongada, por la cual, abriéndose camino en los arbustos, desciende hacia el agua un rebaño de caballos; el primero en meterse en el agua es un potrillo que, abriendo sus finas patas, bebe con avidez levantando de vez en cuando la cabeza y dejando caer en el agua helada unas gotas pesadas y llenas de sol.






La Peste (segunda parte), Andréi Rubliov -Guión Literario-, Andréi Tarkovsky, 1966

Ciudades posibles


Hacía días que tenía este blog en latencia. A veces ocurre que, tal como decía Tolstoi en su 'Confesión', uno pueda tener ganas de enseñar, pero aun así, si somos honestos, tiene -o tendría- que estar seguro de qué puede saber hacer, qué puede saber con tal de que otros lo quieran o puedan aprender. No se trata de generar una página de internet rebosante de fragmentos de texto para aparentar ser lo erudito que uno no es; se trata meramente de exponer aquellas pequeñas secuencias de texto -o no tan pequeñas, disculpadme por la 'transcripción' anterior sobre el decir griego- que, de una u otra forma, me hayan interesado y, con ello, hecho aprender algo, hecho ver de otro modo lo que nos rodea o, llegando a la abstracción del asunto, hecho modificar la sensibilidad de uno respecto al conjunto real, sensible, que nos aporta la posibilidad de ser (de tender al 'Dasein' de Heidegger) en el mundo.

Hoy me interesó leer este fragmento: un pequeño relato de Calvino que me hizo pensar en la ambivalencia y contemporaneidad de ciertos elementos a priori contrapuestos en la evolución de las ciudades; a la vez encontramos exactitud, precisión y casualidad 'casual', ante una ínfima e improbable probabilidad matemática; por otro lado, la tradición, el avance brumoso de lo uno a lo siguiente, lo más férreo e contínuo, históricamente hablando, de este largo y lento proceso de influencias, herencias y tiempo.





En el centro de Fedora, metrópoli de piedra gris, hay un palacio de metal con una esfera de vidrio en cada aposento. Mirando el interior de cada esfera se ve una ciudad azul que es el modelo de otra Fedora. Son las formas que la ciudad hubiera podido adoptar si, por una u otra razón, no hubiese llegado a ser como hoy la vemos. Hubo en todas las épocas alguien que, mirando a Fedora tal como era, imaginó el modo de convertirla en la ciudad ideal, pero mientras construía su modelo en miniatura Fedora ya no era la misma de antes y lo que hasta ayer había sido su posible futuro ahora sólo era un juguete en una esfera de vidrio.


Fedora tiene hoy en el palacio de las esferas su museo: cada uno de sus habitantes lo visita, escoge la ciudad que corresponde a sus deseos, la contempla imaginando que se refleja en el estanque de las medusas que debía recoger las aguas del canal (si no lo hubiesen secado), que recorre subido a lo alto del baldaquín la avenida reservada a los elefantes (ahora proscritos de la ciudad), que se desliza a lo largo de la espiral del minarete en caracol (que no volvió a encontrar la base desde donde se levantaría).

En el mapa de tu imperio, oh Gran Kan, deben encontrar su sitio tanto la gran Fedora de piedra como las pequeñas Fedoras de las esferas de vidrio. No porque todas sean igualmente reales, sino porque todas son sólo supuestas. La una encierra todo lo que se acepta como necesario cuando todavía no lo es; las otras lo que se imagina como posible y un minuto después deja de serlo.






Las ciudades y el deseo, 4, Las ciudades Invisibles, Italo Calvino, 2002